Es fácil agradecer cuando todo sale como se esperaba. La gratitud que realmente transforma es la que se ejercita en lo pequeño, en lo cotidiano, incluso en lo incómodo.
No se trata de fingir que todo es perfecto, sino de entrenar la mirada para encontrar algo genuino que agradecer, aun en medio de lo que falta o de lo que duele.
Una práctica simple para hoy: nombrar tres cosas pequeñas, concretas, del día de ayer, por las que valga la pena agradecer. La gratitud, repetida, cambia la forma de mirar el resto.